¿Cuánto puede perder un mundo?
A veces pasamos promulgando ideas como locos, a veces vamos diciendo, opinando, de vez en cuando ajustando las medidas de cómo decimos lo que decimos porque no todas las veces todas las personas están de acuerdo con lo que decimos.
No todas las veces somos aceptados o tan siquiera escuchados en uno u otro ámbito en donde nos desarrollamos como seres humanos.
Pareciera que estamos tomando un curso tan acelerado, o que ya nos hemos montado en un ritmo muy acelerado, tan vertiginoso y fugaz como la vida misma, que estamos dejando de percibir el valor de las cosas, lo que merecemos, lo que merecen los demás, lo que la vida nos ofrece como retribución para entender un mínimo de una clara convicción del vivir.
Juzgamos sin pretención, vamos directo al grano o simplemente aparentamos ingenuidad y bordeamos el tema por no comprometernos, por no quedar expuestos. Pero internamente mantenemos posturas vacías, defendiendo y ofendiendo.
Y por otro lado, más allá de lo que pudiera escribir acerca de todo lo anterior dentro de ámbitos saludables, pareciera existir otro mundo bastante ajeno, bastante complicado de entender, muy violento, hostil y volátil. Un mundo que no pareciera encajar dentro de los estándares de la vida.
Hay un mundo en donde se piensa una cosa, se actúa de otra y se violenta con mucha intensidad. Es un mundo salvaje, capaz de destruirlo todo porque no hay ni un juicio sano, ni un pensamiento crítico, ni una ingenuidad para bordear el tema.
En ese otro mundo todo sí va más deprisa, todo va más acelerado, todo va más violento. Allí nadie merece nada, el que alce la voz en contra es aniquilado, así de sencillo. Allí no existe ni la mínima idea clara que nos lleve a la clara convicción del vivir.
En ese otro mundo todos saben quiénes son, todos saben quién lo hace, todos saben quién destruye, todos saben quién puede acabar con esta cadena de inhumanidad. Pero nadie hace nada para contrarrestar todo ese aparato de muerte y de zozobra.
Unos por temor a ser víctimas, otros por intereses políticos y diplomáticos que permiten que todo transcurra sin mojarse mucho con la intención final de obtener un premio a través de parches de apariencias.
Un tercer mundo aparece allí, entre aquellos dos mundos. Un mundo que pareciera vivir en la estratósfera, apartado mirando a la distancia cuánto nos odiamos, cuánto nos amamos, cuánto vamos valorando y desestimando la vida.
Ese tercer mundo que toma decisiones, decide, hace suyo el futuro y no lo comparte. Toma su parte de todo y a la vez de nada.
¿Qué tan ajenos estamos de entendernos? ¿Qué tan distantes estamos de amarnos? ¿Cuánto puede perder un único mundo?