Depresión
Es una palabra muy pesada y si se quiere grave.
En la actualidad existen innumerables casos de depresión a nivel mundial. Aunque existen cifras oficiales de una y otra parte, no se sabe a ciencia cierta cuál es la cifra real. Y pienso que de allí proviene una parte del desencadenamiento de un estado de depresión.
En primera instancia existen medios de comunicación “comunicando” lo oficial, lo extraordinario, lo llamativo, lo que vende más, los números, números, números. Datos, datos, datos. Una montaña de información y a la vez de desinformación.
Tengo entendido que quienes trabajan en medios de comunicación han estudiado letras. Y dentro de la carrera ven componentes psicológicos, artísticos, analíticos, ciencia de la comunicación, programación neurolingüística y así muchas áreas más.
Al final en sus reportajes arrojan resultados objetivos, datos, que se ven más en el área de la ciencia y las matemáticas. Es válido, se deben tener datos fiables para dar una información certera, justa, real, que al final parezca oficial.
Pero más allá de todo eso, lo oficial no siempre tiene que ver con lo real o la verdad. Lo oficial está sujeto al mandato por sobre todas las cosas, si una línea editorial debe permanecer en el aire por mucho tiempo, muchas de sus publicaciones deben estar medianamente correspondidas por lo que expone lo oficial, lo gubernamental. A veces o la mayoría de las veces censurando lo obvio.
Ya se han visto demasiados casos donde existe un abuso de poder de los gobiernos sobre los medios de comunicación. Ya se han visto demasiados casos donde existe una burla informativa que vende más que la realidad o la verdad.
Entonces entramos en un bucle infinito de una espiral incierta entre la verdad, el amarillismo, lo oficial. Un tira y jala. Y en medio de todo eso el espectador que intenta asimilar la información o desinformación que se profesa y a la vez se profana.
Estamos bombardeados y saturados de información, de ruido que se solapa en el medio porque una contrarresta a la otra. Nosotros no podemos confirmar ni constatar o contrastar todo lo que se menciona y se muestra en los medios de comunicación.
Así conforme sucede en el ámbito social político e informativo, sucede en la vida cotidiana. El ciudadano de a pie no tiene los recursos ni el tiempo necesarios para constatar una información. Y se arman debates interminables entre el que sabe, el que medio sabe, el que no sabe nada.
Las redes sociales se vuelven campos de batallas, agresiones casi mortales, todo escrito o expresado a través de un video, pero con mucha carga violenta. Insultos van y vienen, ofensas van y vienen.
Y cuando en medio se tropieza alguien que solo va de espectador, las luces desaparecen.
Toda esa montaña de agresión y manifestación, toda esa carga de elementos informativos que arrojan los medios de comunicación, sumado a todo lo que se vive a diario ya en un ambiente social físico, donde compartimos espacios comunes con gente (de carne y huesos), se manifiesta de manera subconsciente.
Es una presión interna de vapor que va acumulándose poco a poco y en cualquier momento revienta. Explota sobre el propio individuo o sobre otras personas ajenas al problema real.
Creo que vamos cargados de todo ese malestar. Sin querer insultamos a otros, sin querer nos insultan. Sin querer actuamos de manera indiferente con el bienestar de los demás, sin querer los demás son indiferentes al bienestar personal de uno.
Es una separación intensa de las relaciones interpersonales. Muchas veces no se trata de manera directa pero se percibe, y quien tiene una alta capacidad de percepción es quien más sufre. O sufrimos.
Hay una herida latente sin sanar, siempre está intentando sanar pero se vuelve abrir, no sana del todo. Empezamos a padecer una depresión oculta, clandestina, sumisa. No sabemos de dónde viene, no sabemos que la tenemos, no sabemos cómo actuar.
Como dice la canción de El Cuarteto de Nos: …nada me da satisfacción….
Es como si lo que queremos esconder, esa depresión, a través del fútbol, cine, música u otra actividad de esparcimiento sano, ya no nos satisface, nada establece un regocijo. Lo que hacemos lo hacemos por monotonía y si se quiere, por escapar de esa realidad bombardeada de agresión.
El que es sensible, o somos sensibles, nos golpea mucho. Nos duele más en el alma, en la mirada al futuro, en la satisfacción del valor de la vida porque la vida es para algo y algo hacemos en ella. O algo debemos hacer en ella.
Pero cuando vamos perdiendo ese valor de hacer algo en la vida, cuando en el trabajo no se corresponden tus logros, cuando en el matrimonio se producen demasiados roces, cuando la familia se aleja por algún remoto e insignificante motivo no mencionado, cuando todo alrededor se llena de un constante respiro azaroso e incontrolable, nos llenamos de dudas, de sentimientos heridos, de esperanzas y desesperanzas efímeras, rápidas, fugaces.
Nos llenamos de depresión intermitente.